Ella se acercó cautelosa al Señor del Bosque cuyo rostro, aunque tétrico, no le infundía ningún miedo. Éste la miró fijamente durante unos minutos, olisqueó a su alrededor y agarró con su mano de roble las bayas que ella portaba en su cesta. Sus ojos eran negros como la noche y sus dedos delgados como las raices que se abren paso en el duro suelo del bosque. Sus mandíbulas se movían al descompás, como si tuvieran cientos de años, mientras masticaba aquellos frutos. Era exactamente igual a como aquella anciana lo describió, el llamado "Padre de Madera", el nacido de las raices de la creación y que protege la vida en el bosque.
Ella no le tenía miedo, más no podia evitar sentir sus latidos pues su corazón estaba apunto de escapar de su pecho y huir de aquella figura ancestral. Tenia un propósito, y como las antiguas leyendas le llevó un presente.
Ya sabes porqué estoy aquí -dijo ella mientras su voz temblaba- busco tu sabio consejo.
Aquel ser de madera se acercó a tan solo un palmo de ella, miró fijamente sus ojos y sonrió, o al menos esa era la expresión que ella creyó ver en ese rostro de dura corteza, alargó su brazo hacia un árbol y cogió una hoja tan verde como los prados cercanos al bosque, la puso en su mano y al apretar el puño contra la hoja ella pudo ver el destino que aguardaba. Las grandes estepas eran el destino, pero el objetivo aún quedaba muy lejos para Carol.
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