Dichosos aquellos ojos que una vez te vieron y no te admiraron como aquellos idolos divinos que aman los creyentes. Dichosos los labios que no supieron apreciar el sabor de tu piel y se perdieron en la oscuridad de tu boca. Dichosos los dedos que te tocaron pero se alejaron repudiando tu calor. Dichoso yo, que te tuve y te aprecié con locura pero olvidé que sin ti no soy mas que una sombra.
Oscuro es todo aquello que veo en el camino. Que se jodan las estrellas que no me iluminen en él. Como Orfeo bajé a los avernos, al abismo sin guía que me condujera hasta ti, pero las canciones que podía entonar eran mudas y en lugar de dormir al guardián Cerbero, que furioso estaba en su oscura habitación, lo despertaron para cortarme el paso. En ese momento me rendí, pues no tenía fuerzas, y me odio desde entonces. Te dejé allí perdida.
Si me escuchas o si me lees, tienes que saber que esta plegaria, este rezo, esta pena que me amarga va dirigida a la única musa y diosa que tuve. Te adoraba pero te fallé. Te tuve pero te perdí. Te quise y ahora me odio. Ojalá vinieras desde abajo y me abrazaras para poder fundirme de nuevo contigo. Como Orfeo fui a por mi Eurídice, y como él la perdí.
Maldito sea el señor de la muerte y maldito sea yo por no enfrentarme a él.